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El cojo y su madre de costumbres libidinosas.

No sé si conoces a Inma, una bloguera que suele regalarnos entradas divertidas, directas, sinceras, merece la pena leerla a diario, pues nada, esta es otra de esas entradas dedicadas, su petición era clara, quería una dedicada al “cojo hijoputa” y encima con amor, pues nada, aquí va la historia de amor del cojo hijoputa ese.

El cojo hijoputa estaba decidido, hoy sería el día, treintañero, guapo, tenía el encanto arrebatador que sólo un cojo y calvo natural destilaba, unas elegantes gafas le daban ese aire intelectual que tan bien describía su personalidad, su cuerpo embutido en una ajustada y raída camiseta que dejaba evidente que todo el pelo que le faltaba arriba poblaba su varonil pecho, un sedoso vello que hacía casi imposible admirar su desarrollada abdominal, mientras otros necesitaban horas y horas de gimnasio él había logrado esa hermosa lorza como se obtienen las grandes cosas, por gracia divina. En la hombrera un paquete de Habanos, con la marca bien a la vista, no había cosa más sensual que la imagen de dureza que transmite un fumador de habanos.

LigonUn pantalón de tergal, elegante, dos tallas más pequeño de lo necesario, hacía el resto, su hermoso aparato reproductor protegido por dos pares de calcetines, no porque necesitara engañar, porque estaba más que satisfecho con sus seis centímetros, sino por evitar fríos en tan nobles partes. Para asegurar el éxito dos semanas sin visitar la ducha y una botella de Brummel, sabedor de que la mezcla de feromonas que emanaban de su sudor reseco y tan noble perfume eran sinónimo de triunfo.

Extrañamente en una discoteca abarrotada se hizo un amplio círculo a su alrededor en la barra, buena señal pensó, no habría manera de pasar inadvertido a las mujeres, aprovechando el hecho tomó esa pose triunfadora que todas las generaciones de su familia habían usado, apoyose en la barra y puso un vaso con ginebra a palo seco en la mano libre, moviendo rítmicamente su pie al son de la música y acompañando el baile con su bastón reglamentario de los cojos hijoputas, de todos es conocido que no hay nada más atrayente que un macho con una copa de ginebra oteando el ganado a distancia.

Ella entró con dos amigas, se sentaron en la única mesa libre, casualmente la más cercana al adonis del Gin MG, enseguida reparó en él, fijaros chicas, que apuesto, atlético y varonil pero a la par culto y refinado y en todo caso irresistiblemente atractivo cojo hijoputa treintañero hay en la barra, sus amigas miraron y remiraron haciéndose las locas como si no reconocieran a nadie con semejantes características, pero ella, con justicia, consideró que las otras simplemente tenían celos, porque él la miraba sólo a ella.

“Humm, que sedosa pelambrera se deja entrever en esa arrebatadora camiseta de lunares”, sus amigas de nuevo intentaron fastidiar la historia de enamoramiento, “no son lunares, son lamparones, así huele”, sí, qué olor, pensó ella, jamás había sentido como su aroma a macho le teletransportaba a sus más húmedos sueños, y qué paquetes, que gusto al ponerse uno en la hombrera el de tabaco, sólo un hombre de verdad fumaría habanos, y ese rítmico y enloquecedor bailecillo con los pies y el bastón al son de la música, sí, era él, su príncipe azul, el que llevaba esperando toda su vida.

Él percatose de la atención de ella, decidió entonces comenzar su original cortejo, por cortesía con la dama, pues era evidente su falta de necesidad, decidió ignorar los sutiles gestos de ella, lamiendo un vaso de tubo y echándose hielos pos sus pechos y desvió la mirada a la vez que se pasaba la lengua por los labios y exhalaba un suspiro, suspiro que llegó a la mesa mezclado con un fresco y personal aliento sólo conseguido tras un mes sin rozar la pasta de dientes.

“Qué hombre”, pensó ella, no sólo era atractivo y varonil sino que encima era de los machos, de los que resistían e ignoraban los encantos femeninos, decidió dejar las señales sutiles y hacer algo un poco más osado, se levantó y corrió hacia la barra mientras se quitaba las bragas, llegó y comenzó a frotarse contra la mullida entrepierna de él.

Él decidió entonces abandonarse a la pasión, la besó, disimuladamente le quitó su camiseta destrozándola en veinte trozos para admirar la belleza y turgencia de sus senos, increíbles, ella era maravillosa, perfecta, tan perfecta que tuvo que pellizcarse para comprobar que no era un sueño.

Pedazo gilipollas, ya podías pellizcarte los huevos, pero después de tirártela, a ver si cogiendo otra vez el sueño recuperas la historia, que no espabilas, la cuarta vez esta semana.

Posdata, Neverland, el tema: “Reversing time”

He de decir que aunque la entrada es petición de Inma el estilo, el fondo, la inspiración me vino de Inspi, claro, hablando de Inspi, día 19, ¿qué vas a hacer?

“El sentido de tu blog”

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