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John Rabe, el nazi bueno.

Gracias al cine todos sabemos quién fue Oskar Schindler, nos parece todo un hombre, que hizo algo extraordinario, “La Lista de Schindler” es sin duda todo un clásico del cine moderno, taquillera y archipremiada, antes de ella no teníamos ni puta idea de quien era Schindler, bueno sí, los ascensores, con algo menos de medios, menos repercusión y mucha menos calidad la tele nos mostró años después que también había un Schindler español del que fardar, Ángel Sanz Briz, “El Ángel de Budapest”, también salvador de judíos durante la II Guerra Mundial, bien, hoy quisiera hablarte de otro, John Rabe, solo que en este caso él es el nazi y no salva judíos, sino chinos.

Rabe
Este diplomático alemán, miembro del partido nazi, ha visto su historia llevada al cine en media docena de ocasiones, pero nunca por parte de Hollywood, que es quien nos suele dictar qué personaje histórico es interesante o un héroe y quién pasó por la vida sin mérito alguno que merezca sus claquetas, bien, resulta que este hombre estaba destinado en Nankín, por entonces, años 30, capital de China, 1937 es el año en el que el Imperio Japonés invade China, la II Guerra Sino-Japonesa que en realidad puede hasta considerarse como el comienzo de la II Guerra Mundial, lo que Japón pretendía una operación relámpago se convirtió en una campaña lenta y llena de resistencia china ante la invasión (algo que ellos posteriormente harían contra los americanos), conquistan Shangai con un alto precio en forma de bajas que les aumenta el odio por la población china, que paga con extrema crueldad las represalias niponas, bien, el gobierno japonés ordena la toma de Nankin y allí van los soldados bajo la bandera imperial, pero sin líneas de suministros, por lo que van dejando a su paso una estela de destrucción y acaparo de todo bien, víveres etc, ejecutando soldados capturados e incluso civiles, tal era la fama que cogieron en pocos meses los soldados japoneses que cuando quisieron llegar a las puertas de Nankin solidariamente todos los habitantes extranjeros habían ahuecado el ala, bueno, todos no, algunos, como Rabe, se quedaron.

Hay que decir que Rabe llevaba viviendo en China así como 30 años, por lo que su identificación con el pueblo chino era grande, primero como comerciante y luego, con el ascenso de Hitler (del que era admirador) logró su puesto de diplomático que poseía cuando la guerra en Asia comenzó, todos hemos visto en el cine como no todos, ni mucho menos, los alemanes de los años 30 y en la guerra que destrozó medio mundo comulgaban con Hitler, no todos eran nazis, pero él no entra en este grupo, él era nazi, fue incluso líder del partido en Nankin, si fue víctima de la retórica de Hitler o no quizá no se llegue a aclarar nunca, Rabe nunca destacó como intelectual, más bien era descrito como un hombre sencillo, lo que si es cierto es que si consideramos sus actos de aquellos días en Nankin estamos ante un verdadero héroe.

Decir que antes de la llegada de los japoneses toda autoridad de la ciudad, incluido el alcalde, se había marchado, el ejército chino también, ante la inviabilidad de la defensa de Nankin (ciudad que estaba fortificada, pero claro, eso servía en siglos anteriores, no ante la artillería de la época), así que Rabe y unos pocos extranjeros más, junto con un reducidísimo grupo de militares chinos fueron los que se encargaron de la protección de la población civil, encargando a nuestro protagonista ser la cabeza visible, por aquello de su pertenencia a un partido, el nazi, que daba bastante respeto por aquellos días, dirás, ¿por qué no se fueron los civiles también?, de hecho se fueron, muchos, pero claro, había enfermos, niños, ancianos, las familias de estos, sin la suficiente fuerza como para emprender un viaje que se antojaba duro hasta el extremo, además, ya entonces se oían rumores acerca de un plan de John Rabe para protegerlos.

Los bombardeos fueron las primeras tarjetas de visita japonesas a los casi millón y medio de chinos que poblaban Nankin, bombas que caían prácticamente en todos los días despejados, provocaban obviamente muertos, y estos enfermedades, Rabe tuvo ya ahí su primer reto, conseguir alimentos, agua y medicinas para auxiliar al pueblo, llamó a todos sus contactos, gastó todo el dinero que pudo conseguir para comprar arroz, medicamentos y todo lo aprovechable que se puso a tiro, hizo además un sistema contable (tema en el que era experto), para llevar un control, al poco ya dio un paso adelante abriendo el jardín de su casa a la población civil, se creyó tanto el ideario nazi (el que pregonaba Hitler en público), que lo usaba para justificar sus actos, “El Gobierno alemán es un gobierno para los trabajadores, no puedo abandonarles a su suerte” curioso que un régimen que provocó tantas muertes de inocentes pocos años en esa época sirviera, sin quererlo me atrevo a decir, para arengar a Rabe y convertirle en una leyenda.

Como jefe local del partido escribe un telegrama a Hitler, el motivo del mismo era pedirle que intercediera personalmente ante el Emperador japonés (su aliado) para que este permitiera la creación de un perímetro de seguridad dentro de Nankin para no combatientes, donde poder refugiar a “sus chinos”, al pueblo, no obtuvo respuesta, en diciembre del 37 llegan los japoneses y destruyen los muros con su artillería, tomando la ciudad apenas sin esfuerzo, comenzó entonces una masacre de las buenas, fusilando prisioneros, a los que tuvieron suerte, a otros, los menos afortunados los quemaban vivos o los enterraban también sin matarlos previamente, luego les siguieron los civiles, también asesinados de las maneras más crueles posibles, hubo episodios que hasta nos suenan, de cuando hablamos de las atrocidades que los coleguitas nazis en Croacia cometieron, concursos entre los soldados japoneses a ver quién mataba más chinos de una determinada manera o ver cuántas mujeres “caían bajo sus encantos”.

Nankin
Hubo otros episodios realmente macabros, unidades del ejército japonés usaban a la población de Nankin para que sus jóvenes reclutas practicaran las artes de la guerra, los usaban como blancos de tiro móviles y como medio de perfeccionar el uso de las bayonetas, Kazuo Sone era un soldado japonés que años después confeso: “Pero muchas veces esas cargas carecían de energía y determinación y los gritos eran débiles. Era imposible acabar con las víctimas con esa clase de carga. Los blancos humanos gemían y aullaban debido al dolor extremo. Su sangre supuraba de las heridas abiertas. En este punto los reclutas se asustaban con lo que hacían. La espantosa escena ablandaba la mirada de muerte en sus rostros. Pero las victimas continuaban lanzando alaridos de dolor, la sangre chorreaba de sus cuerpos, los soldados entonces clavaban de cualquier manera y repetidamente, esperando acabar rápido y escapar de la experiencia, y seguían clavándolos aún cuando sus blancos vivientes dejaban de moverse. Esta aterradora forma de matar la probaron y experimentaron todos los soldados. Después de esto ya no tenían miedo en batalla, y encontraban gloria en el acto de matar La guerra hace a la gente cruel bestial y loca. Es el abismo inhumano del crimen”.

Más tácticas usadas, los prisioneros, antes de decidir su forma de morir, eran atados en grupos de diez o doce por los soldados invasores, para ellos usaban alambre de espino, un soldado japonés, Kozo Tadakoro describió escenas de estas que él personalmente resolvió pegando fuego a algún fardo, con las mujeres violadas, quien dice mujeres dice niñas e incluso ancianas, tampoco había piedad, eran pasadas también por la bayoneta para quitarse problemas de encima por posibles quejas, esto además era recomendación directa de los oficiales.

Por aquel entonces John Rabe había establecido su “zona de protección”, esa que pidió a Hitler que exigiera a los japoneses y que el bigotes había obviado, a ella se encaminaron todos los civiles de la ciudad, unos 200.000 en total, ¿cómo pretendía Rabe protegerles dentro de una zona determinada?, usando la simbología nazi, marcó los límites con banderas de esas que todos conocemos, las de la esvástica, esperando que los nipones no se atrevieran a atacar lo que hizo parecer una zona controlada por una potencia aliada tan poderosa como el III Reich, pero entraron, los soldados japoneses entraban recurrentemente para conseguir mujeres, saquear etc, Rabe utilizó su puesto para pedir a las autoridades militares japonesas que proporcionaran protección a su reducto (aunque no se llegó a cumplir), un reducto que técnicamente era aliado, siguió mandando telegramas frecuentemente a Alemania para pedirles que intercedieran ante la masacre, todos ignorados, pero no desesperó, se involucró personalmente en la atención de su pueblo chino, visitando los hospitales, supervisando el reparto de alimentos, poco a poco se fue convirtiendo en “el salvador”, lo arriesgó todo por los civiles de Nankin, lo cierto es que al final lo logró, salvo la vida de la inmensa mayoría de la población, logró que a pesar de las puntuales incursiones los japoneses respetaran la zona de protección, el respeto que imponía la simbología nazi y su figura tuvo éxito.

Cuando los japoneses se fueron él y su esposa Dora regresaron a Alemania, Rabe, que seguía creyendo firmemente en las bondades del nazismo se dedicó a contar públicamente los hechos vividos en China, esperando la comprensión y el enojo ante tales barbaridades por parte de sus camaradas, un día dos hombres fueron a buscarle a su casa, les siguió confiado, eran GESTAPO, le interrogaron, lograron acallarle, pero él siguió pensando que todo esto se hacía de espaldas a Hitler, a quien seguía admirando, fue marginado en Alemania, malviviendo, desde China se intentó por todos los medios, cuando les llegaron noticias del estado de Rabe, primero que volviera, luego enviarle comida, agradecerle y responderle con lo mismo que él hizo por ellos, Rabe nunca quiso abandonar su patria, tras la guerra entró en litigios, ya con los ojos sin la venda, pidió ser quitado de la lista de nazis, lo logró, no sin esfuerzos, pero eso le costó la ruina económica, fueron sus chinos los que mediante colectas le enviaron dinero hasta que en 1950 falleció.

Los responsables de la masacre japonesa en China y concretamente en Nankin fueron juzgados en Tokio, tras la guerra y condenados a muerte, en seis semanas murieron 300.000 personas a manos del invasor, uno de los episodios más trágicos de la historia moderna, pero que permitió surgir la figura de John Rabe, y su curiosa historia, nazi convencido, ciego seguidor de un líder y un partido que le olvidó, que le marginó después, que no movió un dedo por él, un régimen como el nazi que es sinónimo de muerte y destrucción, pero que en Nankin sirvió (aunque sólo fuera su simbología) para ayudarle a salvar del desastre a 200.000 chinos que le consideraron “el Buddha alemán”

Brevemente, posdata, Heavenly, su vertiente más pastelera, “The Prince Of The World”

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